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Demonios del metalCerca de 45 mil personas vieron el gran show de la banda inglesa en la tercera fecha del Quilmes Rock.
Cuántos diseños diferentes de remeras negras de Iron Maiden existen? El monstruo zombie Eddie The Head (mascota de la banda) muestra sus dientes feos y su nariz vacía en miles de pechos y espaldas, todos, todos distintos. El Eddie pelado de Piece of Mind; el de Killers, con peinado raya al medio y ojos como brasas; el de Fear of the Dark, con sus garras vírgenes de manicura... ¿Cómo es posible que en un desfile de 45 mil almas no puedas encontrar ni una sola reme ra repetida? Los chicos y los grandes, apelotonados en la entrada, impedidos de poner un pie delante del otro y obligados a dar pasitos a los costados para avanzar, caminan bamboleándose graciosamente, cabeza para aquí, cabeza para allá... sí, igual que un Eddie. Decenas de miles de Eddies se arremolinan, apretujan, empujan suavemente, y desbordan de alegría en un Vélez al límite de su capacidad. La noche del heavy metal en el Quilmes Rock fue internacional: participaron Horcas y O' Connnor (Argentina), Sepultura (Brasil/EE.UU.) y Iron Maiden (Inglaterra), sin olvidar la banda de Lauren Harris (hija de Steve, fundador de Maiden) que abrió el show, como corresponde a su origen, a la hora del té. Luego de que Sepultura dejara a la multitud dos metros bajo tierra a toneladas de adrenalina, Maiden desparramó aquí, por segunda vez en dos años, un espectáculo avasallante e impecable, al que agregó elementos descojonantes del show europeo: festival de luces, explosiones y llamaradas, y hasta el Eddie-momia de verdad, que mide dos pisos y tira chispas por los ojos, además del Eddie cyborg de cuatro metros que camina en escena (¿cómo lo mueven, cómo se hace?) Hay un hiperfan en la platea, un señor hirsuto con remera de Eddie (sí, otra distinta), que porta un silbato de murga y sigue los riffs a puro soplido. Cada vez que Dickinson comienza a cantar, el tipo, respetuoso, para de soplar. Cada vez que las guitarras comienzan a sonar, el tipo, exultante, arranca a pitar y te da vuelta los dientes. Los tres guitarristas desflecan sus instrumentos, derrapan y se alinean como una suerte de Trillizos de Oro desalmados, obligando a que las neuronas restantes de los presentes hagan sus últimas sinapsis. Dickinson se disfraza de soldado de la Guerra de Crimea y hace flamear su bandera inglesa en The Trooper; enseguida es un fabuloso intérprete gestual de la infinita Rime of the Ancient Mariner, la obra de Maiden que cita al poeta Samuel Taylor Coleridge del siglo 18, y vestirá luego una máscara con plumas para Powerslave, de su álbum "egipcio" que ilustra toda esta escenografía. Con base en sus hits de los '80, la lista incluyó la rareza Children of the Damned (1982). El inagotable frontman, que corrió cien metros (con obstáculos) durante dos horas, estaba al tanto del resultado de Argentina-Venezuela y no pudo menos que mencionar la palabra mágica: Maradona. No, no fue demagogia. Ellos no hacen eso. Iron Maiden no se reúne, no especula, no viene a seducir, ni a robar. Viene a trabajar. Y a disfrutar. Disco nuevo el año que viene, nueva gira en 2011, hasta donde les dé el cuero a estos demonios cincuentones que parecen de veinte. Hasta donde les dé el cuero, esa cosa que se usa para proteger al metal. Por: Gloria Guerrero Fuente: ESPECIAL PARA CLARÍN
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